Mujeres de los Mares, Ana Alemany

Como dice una de las protagonistas de MUJERES DE LOS MARES, de Ediciones del Viento, www.edicionesdelviento.com, la mayor leyenda viva del conservacionismo, Sylvia Earle, sin Océanos no hay vida. Sin azul, no hay verde.

El 70% de la superficie terrestre está cubierta de agua, pero de ese 70, tan solo se ha explorado un escaso 10%. El océano nos provee de oxígeno y es el mayor sumidero de CO2 de la naturaleza.

Son los grandes desconocidos… pero a través de las 20 protagonistas que reúnen en el libro, la escritora ha intentado mostrar a los mares desde todos los puntos de vista posible: a través de los ojos de las estudiosas de sus habitantes, de conservacionistas, de ONGs que luchan contra su degradación, de deportistas o de trabajadoras en los mares. Científicas, arqueólogas subacuáticas o incluso la única “cablera” de Europa (persona que se encarga del mantenimiento de los cables subterráneos de transmisión de datos) se mezclan en sus páginas. Entre ellas, voy a destacar tres capítulos, tal vez las mujeres más relacionadas con el deporte. Todas tuvieron un sueño… pelearon por él … ¡y lo consiguieron!

Amber Jackson y Emily Callahan, fundadoras de Blue Latitudes, biólogas, científicas y amantes del buceo, se dedican a transformar plataformas petrolíferas en arrecifes artificiales. Aunque parezca algo increíble.

Cuando una plataforma se queda obsoleta solo se puede desmantelar y sacarla del mar, o hundirla. La primera opción tiene un coste 5 veces mayor que la segunda, ya que habría que trasladar toda la estructura a tierra firme, desmontarla y reutilizar su material. Pero si la hunden, el fondo de nuestros océanos se convertirá en basureros. La eliminación completa de una plataforma daña terriblemente la vida marina alrededor de las estructuras y deja una huella enorme de carbono.

No obstante, existe una tercera opción, que es acogerse al programa Reef to Rings (De Plataformas a Arrecifes), por medio del cual, una plataforma cuando llega a su fin se converte en un arrecife artificial viviente. Es una solución costosa, pero podría ser la mitad de lo que valdría su total desmantelamiento. ¿Cómo se lleva a cabo esta operación? El pozo petrolífero se tapona (corta) y los 25 metros superiores de la plataforma se vuelcan, se remolcan y se retiran. Y dejan, perfectamente señalizada, el resto de estructura sumergida.

Cada plataforma debe estudiarse caso por caso por medio de unas extensas evaluaciones ecológicas, y consensuar el valor potencial que pueda añadir al ecosistema local. Algunas plataformas tienen una estructura más compleja, con muchas vigas transversales que pueden atraer la vida a los rincones y grietas, mientras que otras son mucho más simples, son menos profundas, o no están en ubicaciones ideales. Si se encuentran en la base de la desembocadura de un río, donde existe mucha sedimentación, no serían buenas candidatas para un arrecife. Otro factor determinante es la antigüedad de la estructura y la cantidad de vida que reúne. Alrededor de un 30 o 40 % de las plataformas podrían optar a convertirse en arrecifes. Aquí es donde estas dos mujeres literalmente se sumergen y bucean. Y en esto consiste su apasionante trabajo.

Otra de las protagonistas es Theresa Zabel, la regatista española de origen británico más laureada de todos los tiempos y que escribió con letras doradas su paso por las Olimpiadas de Barcelona (1992) y Atlanta (1996), ya que conquistó en las dos ocasiones el oro olímpico. Además, en Barcelona lo más alto del podio se conquistó de forma inconmensurable:

Barcelona 1992. Línea de salida. Theresa y Patricia Guerra están en el barco, preparadas para escuchar la salida cuando oyen un grito dirigido a ellas. ¡Han sido descalificadas! El árbitro dice que están fuera de la línea. Ellas, incrédulas, se resisten y consiguen un vídeo de Televisión Española en que se aprecia claramente el error del árbitro, pero de nada les sirve, porque no son imágenes oficiales de la organización. ¡Aquello es terrible! ¡Todas sus ilusiones y esperanzas, truncadas!  Pero, contra todo pronóstico, Theresa y Patricia no tiran la toalla y acuden a competir al día siguiente. Con una fuerza de voluntad inquebrantable. Prácticamente estaban sentenciadas al último puesto, porque el primer día no habían puntuado. Pero... lucharon y lucharon, y creyeron en ellas mismas. Aquello fue algo grandioso, épico, ya que la pareja española tras una lucha encarnizada... consiguió el oro. ¡Nadie lo había logrado jamás de aquel modo! “Fue una satisfacción tremenda. No era solo ganar el oro, sino ganarlo a pesar de no haber puntuado en la primera etapa. Demostrarnos que podíamos superar las adversidades". La satisfacción que las envolvió fue indescriptible e incomparable con nada que hubieran conocido o sentido hasta entonces.

Tras retirarse de la competición, Theresa creó en 1999 la Fundación Ecomar, de la que es Presidenta Ejecutiva y con la que pretende concienciar a los niños en el respeto al Medio ambiente marino, pudiendo tener acceso a los deportes náuticos. Pensó en “devolver una parte de la ayuda y respaldo recibido a la sociedad para que el círculo siga funcionando”. Desde 2007 también se dedican a la limpieza de costas, siendo pioneros en España. Les llevan a las zonas que van a limpiar, realizan un taller para explicarles dónde debe ir todo lo que se recoge y por qué es importante también reciclar lo que se recoge. Y lo convierten en una jornada divertida. Les llevan en barcos a los trozos de costa a los que van a realizar la batida. Y cierran el círculo pesando todos los residuos y convirtiéndolo en una cifra solidaria que dona una empresa colaboradora a bancos de alimentos en Navidad. Más de 2,5 millones de niños ya han participado desde que comenzó este proyecto.

Una persona increíble es Jennifer Figge, estadounidense que, en 2009, y con 56 años, realizó a nado su primer cruce en el Atlántico. Después vendrían otros. Cuando su hijo Alexander le pidió como único regalo en su 7 cumpleaños que dejara de fumar, ella aceptó el reto y cambió el tabaco por el deporte. Comenzó, directamente, a correr maratones y ultramaratones, cruzando Francia, Islandia, Rumanía, Thailandia… Pero llegaron las lesiones y facturas en sus piernas, y pensó que estaba lista para un nuevo reto: nadar en el océano. Ella cree que en la habilidad para cambiar está el secreto del éxito, y para nada se considera una deportista de élite.

Pero... ¿por qué el Océano Atlántico? La idea surgió en 1964, en un vuelo a Italia, junto a su madre Margarita Roberti, una cantante de ópera que vivió en Milán 17 años. Estaban en medio de una tormenta, con un gran aparato eléctrico y muchas turbulencias. El pasaje estaba aterrado, pero no Jennifer, que disfrutó mucho de esa situación, y le dijo a su madre: "Ojalá caigamos y nos metamos en una de esas balsas salvavidas en medio del Atlántico. ¡Qué emocionante sería!".  Esa tormenta y sus turbulencias fueron el germen, la semilla de las que surgieron los diversos cruces en los océanos.

La jaula contra tiburones que tenía preparado, no la pudo utilizar porque el mar era demasiado bravío, con olas de hasta 9 metros, así que Jennifer confió en un "escudo para tiburones" atado a su tobillo derecho como única protección. En los 10 primeros días de la travesía de 2010, la nadadora sufrió el ataque de 6 escualos, aunque ninguno llegó a morderla. Hubo durante toda la travesía un incesante riesgo de ser alejada del barco de escolta por la corriente, por lo que un buzo experto en rescates tuvo que estar preparado cada vez que ella se zambullía.

Se alimentó de hidratos de carbono puros: pasta, arroz, queso… (debía reponer las 8.000 calorías que quemaba al día). A las 9 en punto Jennifer comenzaba su jornada durante 6 o 7 horas, dependiendo de las condiciones climatológicas, el viento o la luz. Cada 30-45 minutos le arrojaban una bebida para combatir una no deseable deshidratación. Y la norteamericana se dedicaba a nadar y a disfrutar. Jennifer normalmente regresaba a bordo entre las 4 y las 5 pm, ya que esa es la hora en la que tenían comprobado que se alimentan los tiburones y ella no quería servirles de aperitivo.

Jennifer afirma que está enamorada del mar. Ella lo define como "el romance en el medio de todo."

Ha realizado varios cruces del Océano, donde la travesía más larga duró 41 días. Y fue de Cabo San Lucas (México) a Hawaii, en 2011. Esta vez, en el Océano Pacífico.

En 2013 completó su cuarto cruce del Atlántico. Salió de Cabo Verde el 8 de abril y alcanzó las costas de Antigua en el mar Caribe el 9 de mayo. 

Ahora, Jennifer ha enterrado el mar abierto, y afronta más retos: un nuevo mundo de estrechos y canales. De Turquía a Grecia, el estrecho de Bonifacio, De Tiran a Egipto, Cozumel, de Malasia a Singapore, Canal Au Au de Hawai, Santa Barbara o St. Barthelemy entre otros. Probablemente, si a esta nadadora le vendasen los ojos, y la dejaran en medio de una superficie de agua salada, ella podría averiguar dónde se hallaría. Únicamente probando la salinidad.

"Como en la vida misma, cuando estás nadando no puedes ver hacia donde estás yendo. De repente divisas pájaros y aviones, y puedes oler la tierra. Estás llegando. Es el fin de las olas."

 

 

Como dice una de las protagonistas de MUJERES DE LOS MARES, de Ediciones del Viento, www.edicionesdelviento.com, la mayor leyenda viva del conservacionismo, Sylvia Earle, sin Océanos no hay vida. Sin azul, no hay verde.

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